No eramos perfectos, fuimos inertes.

Aquella fría y húmeda noche de enero iniciaba con unos mares profundos posándose sobre mi cuerpo. Mientras mis ojos, eran los míos esta vez, te huían a ratos. Éramos incapaces de sostener la verdad que teníamos delante de nosotros. Tu mirada me buscaba tanto que acabó descubriendo marcas en mi piel que antes no habías podido ver. No sabremos si fue por el exceso de ropa que siempre había cubierto nuestros cuerpos desde que nos conocimos, o porque ese día nos dimos permiso para vernos, mutuamente.

Podía notar la presión que ejercían los nervios sobre tu estómago e incluso percibir lo que le costaba a tu pecho mantener a raya el galopante corazón que trataba de salir en busca del mío. Yo estaba nerviosa. Lo estábamos. Y no sabías dónde meter tantas ganas de mandarlo todo a la mierda, y por suerte yo tampoco supe cómo hacerlo.

La mujer que tenías enfrente, a la que no podías sostenerle la mirada por miedo a perder la cabeza, era la misma que hacía una semana te estaba confesando que quería conocer todo eso que no dejas que nadie sepa, que nadie vea, que nadie sienta.

—¿Por qué te encierras? ¿Por qué no te dejas ser? ¿Tanto daño han hecho a ese corazón?

Hablamos, claro que hablamos. No podíamos dejar de hacerlo. Lo hicimos sobre banalidades, con la única excusa de mirarnos por dentro usando como medio de transporte nuestros ojos. No sé cómo ni por qué, pero calmaste el miedo que llevo instalado en el pecho desde que tengo uso de razón, y yo calmé el tuyo con sonrisas torpes y silencios largos, aunque ahora quieras culpar al alcohol y al olvido de ello.

Tras un largo camino, donde transeúntes ajenos a nosotros, farolas que teñían la ciudad de color sepia y el frío de la madrugada eran testigos de la bomba que estallaría en cualquier momento, sin previo aviso. Entre el amargo sabor de la cerveza, las invitaciones sin intención y un puñado de luces que nos impedían vernos del todo, acabamos bebiendo de más y diciendo de menos.

Hubo roces de más y miedos de menos. Alcohol de más e inseguridad de menos.

Me buscabas, te buscaba, nos buscábamos detrás de una baraja de cartas y reglas absurdas, improvisaciones sobre los cuatro bancos que nos separaban para volver a poner en contacto nuestros ojos, en la desesperación de aquel local. Había intención. Había tensión. Nuestros cuerpos, aún separados, ya tenían calor; ya se llamaban entre el barullo de personas que sabían mucho de ti y poco de mí.

Olías a perfume y a cerveza recién abierta, que se mezclaban alrededor de mi cuerpo cuando me buscabas, cuando encontrabas aquellas zonas de mi piel donde tu roce provocaba carcajadas en mi boca por la contención de cosquillas.
Yo olía a noche y a sorpresa. La confusión que tus palabras y tus acciones generaban en mi estómago se disipó, dando paso a unas ganas contenidas y apagando las alarmas que suelo ponerme.

No sabíamos qué hacer con todo. Yo no sabía leerte sin diccionario, y tú no sabías qué hacer con tanto de mí en ti.

La vuelta a casa se hizo larga; la hiciste eterna. Nos perdimos entre calles que llevas recorriendo desde hace mucho tiempo. Me llenaste de miradas que pedían permiso y de manos que se rozaban como si supieran que el tiempo no nos iba a dejar seguir sintiéndonos.

Tus excusas esa noche estaban de rebajas. Eran tan baratas como absurdas, pero seguíamos jugando a ser dos niños que no sabían lo que estaban haciendo ni lo que dolería cuando el sol nos visitara. Bastó una llamada, a través de una puerta que yo misma había cerrado, para saber que esa noche íbamos a acompañar juntos a la luna durante una madrugada que pasaría demasiado rápido, tanto que aún la escucho irse.

Las banalidades se desvanecieron, o al menos eso pensé yo cuando me desnudé frente a ti. No tuviste que desabrochar ningún botón de los que adornaban mi cuerpo, porque ya lo había hecho yo. Nunca sabré qué provocó en ti mi confesión, pero me prometiste que fuera lo que fuera lo que se removió, no era la razón por la que se inició la guerra en mi habitación.

Se borraron momentáneamente los “pero” que te vestían el cuerpo y se abrieron paso los “y si” que aún vestían el mío. Te proclamaste dueño de cuatro mantas, un colchón viejo y, si me apuras, hasta de mi piel. Bajo un techo alquilado y con un enredo de terrores nocturnos agarrando nuestros cuerpos, nuestras manos se entrelazaron sobre mi pecho. El roce de tu mano sobre mi mandíbula contaba los lunares que vestían mi rostro; el camino ascendente de tus pulgares hacia mis labios tanteaba el terreno y, sin darnos cuenta, tus labios lanzaron la primera piedra en el campo de batalla, iniciando un enfrentamiento. Para mi sorpresa, y la de mi raciocinio, yo, que siempre fui pacifista, libré esa guerra.

Tu boca tenía sed de mí, aunque las palabras que semanas antes pronunciaste se me repetían con cada mordida que dabas a mi labio inferior. No sé si fue ilusión, delirio o realidad, pero podía sentir cada latido de tu corazón golpeando contra mi pecho.

—¿Tú también sientes el mío? ¿Dualidad de cerveza, compasión o fueron verdaderas las ganas?

Nos acercábamos una y otra vez como quien cae sin frenos. Tus manos recorrieron mi espalda aprendiendo mi forma, y mi piel respondió erizándose, pidiéndote más. Yo te atraje hacia mí con una urgencia que me sorprendió. Había deseo, sí, pero también rabia: rabia por el tiempo perdido, por lo que callabas, por lo mucho que nos llevábamos conteniendo y por lo mucho que nos íbamos a alejar horas después.

Las caricias se volvieron agarres. Agarres de necesidad. De necesitarnos más, porque aunque no podíamos pensar del todo, se sentía la efimeridad del momento. Mordiscos suaves que se hicieron más firmes. Presiones que decían no me sueltes, no me dejes. Tu respiración se volvió pesada cerca de mi piel y yo escondía mis gemidos en tu clavícula. Tu boca bajaba por mi cuello mientras yo cerraba los ojos, intentando grabar ese instante: tu peso sobre mí, tu olor envolviéndome, la forma en que tu cuerpo respondía al mío como si llevase tiempo esperando exactamente esto.

Había perfume mezclado con nuestros propios olores, que aún están impregnando mis sábanas.
Había calor acumulado, muy acumulado.
Y había corazones corriendo demasiado rápido, porque sabían que no vivirían ahí para siempre.

Mis dedos te buscaban como si llevaran tiempo esperando exactamente esto. Los tuyos me sujetaban con una mezcla de cuidado y hambre, como si temieras que me evaporara. Sabías de mi fragilidad, aunque estuvieras ignorando cada palabra que había vomitado horas antes. Me acercaste a ti y yo te recibí, dejando que nuestros cuerpos se entendieran sin palabras. Ni nos hacían falta ni habríamos sabido qué decir.

Fue un vaivén lento al principio, un reconocimiento, y luego una intensidad que subía como una marea: respiraciones entrecortadas, bocas que volvían a encontrarse, necesidad de saborearnos una y otra vez, piel tratando de aprender el idioma del otro.

—¿Cuánto va a durar esto? ¿Así sabe el final de todo, de nosotros?

Hubo un instante en el que todo se concentró en el centro de nuestro pecho y se derramó por el cuerpo entero del otro. Cerré los ojos. Tú apoyaste la frente en la mía, me abrazaste más fuerte que la vez anterior y durante unos segundos solo existimos ahí, dejándonos sucumbir al cansancio que pondría el punto final a nuestro instante de realidad.

Después vinieron las horas suspendidas. Las respiraciones largas. Tu mano todavía sobre mi piel, como si no quisieras romper el momento. Volvió el miedo, se sentó en el borde de la cama y, mirándonos con nostalgia y lástima, te obligó a pronunciar un “no puedo”, animándote a volver a cerrarte de forma torpe, alejándote de mí. Mi rabia, una vez más callada, se mezclaba con ternura e incluso agradecimiento por haber podido vivir al menos este instante de ti.

Yo sí me quería quedar y, de hecho, me quedé.

No para empujarte hacia ningún sitio, porque sé que nunca vendrías conmigo.
No para convertir tu miedo en promesas, porque sé que nunca las harías por mí.
Me quedé porque vi lo frágil que estabas, porque supe leer tu cansancio detrás del deseo.

Porque quizás vi mis antiguos miedos en los dos mares que llevas en el rostro.
Porque no eramos perfectos, fuimos inertes.

Pero si hubiese sabido lo rápido que todo iba a terminar, habría respirado más lento mientras te tenía cerca. Habría besado más cada rincón de tu cuerpo y habría memorizado mejor el ritmo exacto de tu corazón contra el mío, para que la tortura del recuerdo, al menos, se sienta tan tangible como se sintió la realidad de esas cuatro paredes.

Volvería a esas horas en mi habitación solo para poder volver a sentirte. Mucho más tiempo. Ahora solo nos quedan palabras dichas a media voz, junto a tus miedos puestos sobre la mesa y tu “no puedo” atravesándome cada día más despacio.

Habría parado la vida en ese momento, para quedarme a tu lado, piel con piel.
Porque no era solo deseo.
Era abandono.
Era dejarse caer, el uno sobre el otro.

Ahora solo somos dos cuerpos que se reconocen en la oscuridad, que una vez se lo dijeron todo sin necesidad de pronunciar una palabra. Al final siempre seremos eso: tus miedos frente a mis ganas de intentarlo, sabiendo que las tuyas nunca se atrevieron a existir conmigo.

Un abrazo virtual,

Grappa D. Mente

Comentarios

Entradas populares